lunes, 5 de octubre de 2015

Mi soledad






Hace tanto tiempo que pasaron tus labios por mi boca, que ya no recuerdo las brisas de aquel instante. Debí de estar muy enamorado de ti, como para no sospechar siquiera que tus besos eran el perfecto advenimiento de tu abandono.
Me enamore de ti, porque sólo tú eras vida para mí. Y debe ser eso que te has llevado contigo, la vida, puesto que ahora respiro pero soy como un ser inerte que vaga en sus mares. En sus aguas de soledad. Ese soy yo, desde que te fuiste.
Recuerdo aquel preciso instante en el que te conocí, y recuerdo mi verdadera sonrisa; aquella que nació ese día en que por primera vez te vi. Cómo olvidarlo. Olvidarlo sería morir otra vez; ya que hoy, estoy muerto. Mi corazón está vivo pero mi alma está muerta, dicen los que alguna vez me conocieron.
Hoy es jueves; el calendario cual razón del destino me ha hecho recordarte. No lo puedo evitar. Eso sería morir otra vez. Quiero seguir pensando que eres feliz en cualquier momento y en cualquier lugar. No hay que ser sabio para saber que a donde vayas no pasaras desapercibida.
Por esa y muchas razones más creo que soledad es el mejor nombre que se acomodaba a mis labios. Mi boca se acostumbró a nombrarte día y noche. Mis labios se acostumbraron a pronunciar esas letras que conformaban tu nombre.
Te conocí una tarde, que tuvo por destino ser martes. Aquel día el sol abrigaba mi cuerpo lleno de frío y soledad. Todo estaba escrito en nuestras vidas, menos lo que nos iba a ocurrir.
-              ¿En este lugar será la conferencia de marketing?- pronunciaron por primera vez tus labios.
-              Sí, aquí es- atine a decirte, para luego fijarme en tu boca.
-              ¡Gracias!- respondiste, acompañando a tus labios con una sonrisa.
-              ¿No eres tú de la facultad de derecho?- te pregunte sin saber otra cosa que decirte.
-              ¡Sí, soy de derecho! ¿Cómo sabes ah?- me repetiste la pregunta con tu mirada.
-              Es sólo que te he visto varias veces por allí, y me pareciste conocida- dije mirándote a la boca.
-              ¿Y tú, de qué facultad eres?- preguntaron tus dudas.
-              Soy de la facultad de Economía. Mi nombre es Cesar Ruiz Alarcón, tengo 23 años, estoy soltero, me gusta el arroz chaufa y aquí me tienes.
-              Je je je. Eres muy original. Mi nombre es Soledad Castillo Ramírez. Tengo 22 años, estoy soltera, me gusta el ceviche y aquí me tienes.
Aquellas palabras bastaron para empezar una amistad, la cual se fue prolongando con las salidas y conversaciones que teníamos los días martes y jueves, los cuales eran nuestros días. No sé si logré recordar aquellos momentos, pero creo saber que fueron 4 meses y 6 días, los que transcurrieron para besar tu boca. No dijiste nada, sólo me respondías con tu boca. Aquel día empezó mi camino a la vida, y paradójicamente a la muerte.
Soledad no era tu nombre. Soledad era el nombre que te gustaba. El nombre que usaste conmigo. ¿Cómo lo descubrí? Nunca lo sabrás. Nunca te llegaste a enterar y nunca lo harás. Sólo te digo que los ojos no engañan. Tu boca algún día pudo engañarme pero tus ojos nunca lo pudieron hacer. Siempre desviabas la mirada. Siempre te brillaban las pupilas. Esa era la señal de la incertidumbre que se generaba en mi corazón. Siempre lo supe. Nunca te lo dije.
Me enteré de que tu verdadero nombre era Rebeca Zevallos. Lo comprobé aquel día en llegue desde tan lejos sólo para verte a ti. Sí; regrese de España sólo para tenerte otra vez.
Siempre te dije que quería un buen futuro para los dos. De ese futuro me encargaría yo. Sólo te pedí dos años. Sólo dos años me bastaban para ahorrar el dinero necesario y luego volver para estar juntos. Yo cumplí mi promesa. Tú no.
A estas alturas de mi vida, me pregunto ¿qué pudo haber pasado aquel día en que regrese y me besaste? ¿Acaso tus lágrimas eran artificiales? ¿Tu corazón le pertenecía a otro? Nunca lo supe.
Sólo encontré la verdad. Tu verdad.
Lloraste por mi regreso aquel día martes. Lloraste tanto que las lágrimas eran tantas que no parecían verdaderas. Aquel no era un llanto, era la muerte en agua, me dije. Me mentí. Me mentiste.
Soledad es la compañera de los hombres solteros, de los viudos y todo ser viviente que no ama y no desea ser amado.

Soledad; fuiste, eres y serás mi compañera desde aquel día en que conocí a aquella mujer que imposto tu nombre y que a estas alturas del tiempo, de mi vida se ha marchado. Aquella mujer que nunca se llamó como tú; mi única verdadera compañera.

Manuel Raya