jueves, 1 de octubre de 2015

En el juego del amor






...Y ella estaba allí, quieta y perdida mientras la multitud la esquivaba como el viento en un bosque. Lentamente se acercó por atrás, apoyó las manos en su delicado hombro, le corrió la larga cabellera y le susurró al oído:
-"Eres una bella y perfecta combinación de lo asombroso en este mundo"...

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"Bambino tonto!, terminarás muerto si sigues así"- le repetía su madre cada mañana cuando el se trepaba en los techos de la gran Florencia.
Don Vito, quién entonces era el gobernador de la ciudad, había dado la orden a los ballesteros de que hicieran guardia en los tejados, ya que en ese entonces eran completamente accesibles para cualquier persona, incluyendo criminales. Pero a pesar de esto Felice, quien no era peligroso para nadie del barrio, tendía a treparse y deambular de forma rebelde a los edificios más altos, las iglesias mas ornamentadas, las terrazas mas privadas. La mejor parte de esta rebeldía era observar el paisaje, lo cual le encanta hacerlo recostado cada tarde sobre unos salientes de la altísima muralla. No había nada mejor que observar los obesos mercaderes discutiendo, a los esposos siendo infieles, a las cortesanas hurtando hombres ricos pero lo que mas le fascinaba eran los inventos del "Loco Da Vinci", así lo llamaban los vecinos.
Para Felice el Loco se llamaba Leonardo, a pesar de nunca haber hablado con el. Leonardo solía probar sus inventos en su jardín cada día de por medio. Cada primavera y otoño tenía un nuevo invento, cada uno mas raro que el anterior y Felice no se perdía de un solo día, allí en el rincón de un balcón a lo alto del jardín observando. Era todo lo que mas lo emocionaba hasta que un día todo cambió. Una mañana, intentando ser normal como las demás, Leonardo Da Vincí se fue...
"Al loco lo mandaron a Venecia"- chismoseaban las ancianas mientras tejían cerca del acueducto.

Felice no creía en lo que decían, no quería creer. Hasta que fue a echar un vistazo, trepó las ventanas hasta llegar al tejado mas cercado, y empezó a correr con nudo en la garganta. Sus pisadas eran tan rápidas y brutas que hacia que las tejas de desplomaran en las calles. A lo lejos, un ballestero se alertó.
"Sacco di merda" insulta al aire creyendo que Felice era un ladrón escapando. Rápidamente prepara su ballesta y apunta, el primer disparo fue fallido pero advirtió a su objetivo. Aceleró el paso y se escondió tras una chimenea.
Su corazón y la del ballestero palpitaban como pisadas de corceles, lo único que oía era al guardia acercándose mientras el aliento de Felice hacia eco en el vano.
"Sal ahora mismo y acepta el castigo por tus crímenes!" - grita exhausto.

Felice lo ignora, lentamente como si se tratara de una delicada cirugía, toma con su temblorosa mano un pedazo de teja quebrada. Retiene la respiración y lo lanza al lado opuesto de donde el guardia se acercaba. Desperdicia su flecha lo cual era la oportunidad de escape para Felice, ya que llevaba mas tiempo recargar la ballesta que pelar una naranja.

"Lo siento" se disculpa y desaparece.

"Primero la diabólica de mi esposa y ahora un tonto bambino, inútil, inútil, eso es lo que soy!" golpea la pared con su ballesta.

Al llegar, desperdiciando aire como un perro, se dio cuenta de que Leonardo había partido, que sus días de espiar se habían acabado. Rápidamente fue descendiendo por la pared, sujetándose de las decoraciones pero el día, a pesar de estar anocheciendo, recién empezaba. Se resbaló y cayó tendido en el jardín, con lagrimas en los ojos se desmayó.
De a poco fue abriendo los ojos, aclarando la mente, olía el aroma de las rosas a su alrededor y sentía el dolor de su dedo roto. Escuchó una dulce voz: "No te conozco pero eres tonto como un bebe"
Al escucharla se despertó por completo, su voz le era tan familiar aunque nunca la había visto. Se levantó bruscamente y notó que su dedo roto había sido vendado.

"Despacio despacio" - le ayudó a levantarse- "Te rompiste el dedo al caer del techo, ¿Que hacías en el techo? ¿Como te llamas? ¿Acaso estas loco?"

La extraña le seguía bombardeando a preguntas, como si fuera su madre, hasta el pórtico que llevaba a la calle mercante.

"Gracias" -fue su única palabra al salir. Ella suspiró, se preocupó y luego sonrió.

Al abrir la puerta de su casa, para el colmo, estaba su madre con la misma cara de siempre. "Bambino mío, eres lo único que quiero de todas mis pertenencias, un día de estos entraras por la puerta en un ataúd y yo me quedaré sin nada!” -le decía mientras Felice se dirigía a su recamara- "¿pero que te ha sucedido en la mano? ¿Otra vez lanzando piedras tras el muro huh?" Ignoró completamente a su madre no por que quisiera, el lo amaba, sino por que estaba tan confuso y mareado que el dolor era lo último que lo perseguía. Se sacó las botas con la mano sana, se acostó en la cama, se cobijó y suavemente fue cerrando los ojos tras parpadear como un niño mirando el bello trapo con el cual estaba vendado su dedo.
Había dormido un día y una noche, ni los molestos cantos de los pájaros pudieron perturbarlo. En esa larga siesta, tuvo un sueño extraño y dulce en el cual estaba la aquella hermosa chica, cantándole mientras le pelaba una manzana bajo un árbol en el cual las sombras no dejaban que la luz del sol atraviesen hasta tocar sus rostros, sobre una pequeña elevación con infinito suelo verde y vientos que daban la sensación de estar en perfecta armonía. Era tan real que al despertarse sentía el sabor de la manzana en los labios y la cariñosa voz de aquella chica.
A la despertarse el dolor había cesado con esa larga siesta. Se levantó, se estiró y se vistió. Tenía tanta hambre que se comería un jamón del tamaño de un elefante. Mientras su madre le hacia preguntas tras preguntas, le preparaba un delicioso y jugoso caviar con leche. Con las manos en las caderas, mirando a su hijo perdido pensando en otra cosa le dice:
"Felice!" -le grita y el la mira con atención "Fue por ese loco no? sabes, por algo le dicen loco, lo único que hace son locuras. ¿Sabias que una vez trato de volar como un pájaro?"

"Si, fue asombroso" -le respondió Felice.

"Destruyo la iglesia! y lo peor de todo es que salio sin un solo rasguño!" -

Terminó de comer, dio un beso a su madre a cambios de los mismos parloteos de siempre. Mientras iba caminando medio tambaleando por la poca concentración, pensaba en aquella chica y en el sueño que tuvo, su mente le hacía a el mismo infinidades de preguntas sin contestar, pensaba y imaginaba: ¿que pasaría si la vuelvo a ver?. Sin darse cuenta había caminado por todas las cuadras del barrio, un médico ambulante lo miró raro por haberlo cruzado por tercera vez.
"La iré a ver" -se dijo a sí mismo, fue corriendo por un pasillo hasta llegar a una vieja escalera sostenida por el muro de la ciudad, de allí se trepó y fue caminando sigilosamente para evitar a los guardias. Saltaba, cruzaba las rampas de los guardias, atravesaba grandes árboles, pero cuando estaba a punto de llegar escuchó un grito. Era un maleante robusto pisoteándole la mano agonizantemente al mismo guardia que había intentado atrapar a Felice, gritaba auxilio colgado por un par de vigas al aire a punto de caer. En la conciencia de Felice pensaba en no ayudarlo, también pensaba en que dejarlo morir sería una carga pesada que debía sostener, su ética no lo permitiría. Aquel hombre reía gruñendo malvadamente mientras lento seguía torturando al guardia, Felice se apoderó del arco que estaba tirado cerca la chimenea casi destruida por completo y lo partió en pedazos contra la cabeza del criminal. Cayó tumbado al piso, aprovechando esto, Felice le alcanza la mano al guardia y lo ayuda a subir. Al principio el guardia no lo había reconocido y le agradeció por salvarle la vida, pero un momento después:
"Tu! bambino! ¿Que haces aquí? ¿Por que me has salvado? yo te mataría sin dudar"

"Lo siento, no tengo intención de cometer ningún crimen, solo me gusta andar por los tejados, no tengo otra cosa mejor que hacer." -dice Felice-

Luego de un breve silencio - "Así era yo, ahh que buena época, no existían los guardias e iba a cada tarde, trepando los tejados, a ver a Sofía quien ahora es la diabólica de mi esposa. En fin, te debo la vida y si me prometes nunca cometer una maldad haré la vista gorda y te permitiré deambular por aquí, pero si alguna vez me fallas no dudaré en disparar, has entendido?" -Le dice el guardia y Felice asienta luego se va.
El tiempo pasó, ambos se hicieron buenos amigos ya que se veían a diario mientras Felice iba a espiar lo que aquella chica hacía. Se había olvidado completamente del loco Da Vinci, no había espacio para nadie más que ella. Durante semanas la observó, estudió cada detalle, como retrataba a su perro, cuando sonreía, cuando su padre le gritaba, cuando estaba triste, se había familiarizado tanto como si la conocía de toda la vida. Todas las tardes salía al jardín donde Leonardo solía estar, siempre tenía algo que hacer y cada día usaba un vestido diferente, bordado con flores, rayas celestes o completamente rojo. Un día soleado ella estaba pintando algo nuevo, era un retrato. Felice observó cada pincelada, cada combinación de pintura y después de horas cuando el dibujo estaba a punto de ser terminado, se dio cuenta de que era el. No podía creer que ella se acordara cada rasgo de su rostro como si el estuviera presente, le sorprendía aun mas que ella no se olvidara de su existencia. Se alejó unos pasos de la pintura para ver como le había quedado, se seca el sudor de la frente y suspira. Felice temblaba de la emoción, no sabía que hacer. Estaba oscureciendo y ya sentía calambres en las piernas permanecer en el mismo lugar durante tanto tiempo pero para su mala fortuna, frente suyo estaba una condenada gárgola hecha de cerámica, sin intención pateó una de sus puntiagudas orejas. Aquel fragmento, como si fuera un proyectil, atravesó el retrato de Felice justo en la nariz desatando el grito de susto de la chica.
Rápidamente Felice bajó, ella pegó un segundo grito al verlo, tirandole el pincel en la cara.
"Lo siento, fue un accidente..." -le dice mientras intenta limpiarse el óleo de la cara.

Ella logró reconocerlo cuando salió de la sombra, sus ojos comenzaron a brillar y sonrió tan dulcemente que ambos se miraban sin decir una sola palabra, como si un milagro les hubiera secuestrado las palabras.

"Fiorella! que sucede ahí!? Por que esos gritos?!" -era su padre acercándose, tenía una voz retumbadora como si se tratara de un gigante que podría aplastarle cráneo con las manos a cualquiera que se meta con su hija.

"Fiorella, que hermoso nombre. Soy Felice, encantado de con--" -intenta presentarse.

"Vete! mi padre te matará si te ve!" -empuja a Felice hacia una escalera cercana para que vuelva a trepar. Mientras subía le susurró: "Encantada de conocerte... Felice".

Durante toda su vida, Felice nunca se había sentido tan vivo como en aquel día. Esa noche no logró dormir reviviendo cada detalle de belleza que había visto, su mirada, su sonrisa, su dulce voz, su grito y la de su padre... su nombre. Fiorella, dulce Fiorella, ese nombre le representaba la vida y la emoción, era el nombre de su primer amor. Ese suceso era la llave que le permitiría verla sin necesidad de espiarla indecentemente.
A la mañana siguiente, se levantó con tanta emoción, besó a su madre en la mejilla como nunca lo había hecho, se vistió, comió. Su madre mirándolo, sentía esa felicidad que hace mucho no experimentaba.

"Tu, bambino mío, estas enamorado..." -acertó al blanco.

"Ya me voy madre! te quiero!" -salió saltando de felicidad.

Desde entonces cada mañana en cuanto recobraba la conciencia después de dormir, visitaba a Fiorella. Ella era la razón de su felicidad, era lo que hacía que Vieri de despertase cada mañana con ganas y energía. No trepaba los tejados sin antes comprar una manzana para el guardia, el cual se lo daba por el camino antes de ver a su amada. Fiorella se había acostumbrado a salir a esperarle con una escalera, mirando al techo hasta que Vieri asomara la cabeza. Estaban completamente acostumbrados a reaccionar rápido si es que Don Palomo, el padre de Fiorella, apareciese. Vieri se ocultaba tras las plantas de rosas y ella actuaba normalmente hasta que se fuera.
Durante mucho tiempo aprendieron todo sobre ellos mismos, se conocieron hasta el más profundo detalle de sus vidas, desde el nacimiento hasta incluso lo que pensaban de la muerte, cada miembro familiar y conocido, todos los gustos y sueños. Vieri había perdido a su padre en una pelea callejera y Fiorella a su madre por una rara enfermedad. Compartían y se relataban absolutamente todo, ella intentaba enseñarle a pintar aunque era como darle un lápiz a un mono, el la llevaba a los tejados a pasear los lunes por la tarde cuando su padre viajaba a las afueras de la ciudad por negocios. Vieri le mostró su lugar preferido de la ciudad, en aquella saliente de la gran muralla. Allí iban cada vez que podían, Fiorella le leía su libro preferido mientras el se recostaba en su regazo mirando como el débil sol sucumbía a su descanso.
“Aquí viene mi parte preferida, escucha…” –Acomoda los hombros y traga saliva – “…¿Cuál es vuestra razón de amarla tanto? Le preguntó el sirviente al caballero. El elegante héroe se sacó el casco y le respondió con voz susurrante: Ella es la bella y perfecta combinación de lo asombroso en este mundo…” –Cierra el libro y suspira con los ojos cerrados.
“Yo podría ser tu caballero, quizás sin casco y sirviente pero sería capaz de salvarte de un monstruoso dragón” –Le dice Felice mirándole a los ojos.

Parecía tan serio que hizo que Fiorella sonrojara y se riera a carcajadas. Le explicó que los dragones no existían y que sabe que el haría cualquier cosa por ella. Felice hacía lo que sea por ver a cada momento su sonrisa, un chiste, una cara tonta, hasta incluso bailar con las ancianas del acueducto.
Había pasado un año desde que empezaron a verse a diario, ella ya había conocido casi cada rincón de Florencia, estaba tan feliz de no aburrirse como lo hacía en Venecia antes de mudarse. A pesar de haber pasado todo este tiempo, Felice jamás había visto el rostro de Don Palomo, ya que cada vez que salía el tema de hablar sobre ello, Fiorella tendía a evitar hablar de el lo más posible. Se notaba en sus ojos que algo ocultaba y que la preocupaba, Felice se sentía raro por unos instantes por aquella inseguridad pero era muy tonto para lograr verlo claramente.
Era un lunes, aprovechando que su padre había salido invitó a Felice a almorzar. Le había cocinado lo que mejor sabia, estofado de liebre con patatas y zanahorias. La mesa de la casa era gigante, como para un grupo de sacerdotes, ambos se sentaron en cada punta. En silencio comieron, Fiorella era educada y delicada al comer, en cambio Felice parecía un bebé tamboreando el plato y salpicando la sopa. Debía dejar todo como estaba, para que Don Palomo no se diera cuenta de que alguien mas estuvo en su casa. De repente sonó la puerta, el corazón de ambos se les vino a la garganta, estaban en medio de la limpieza de la mesa cuando el padre de Fiorella entró en la puerta.

“Llegué hija!” –colgó su saco, no lo podían ver en las sombras al lado de la puerta junto al perchero. Vieri quedó paralizado –“Quien es el? El nuevo sirviente que me envió Don Vito? Hahá! Ese bastardo, siempre cumpliendo sus promesas y bien rápido!” –al salir de la sombra se dio a notar que era bajito, aun mas bajo que Fiorella quien le llegaba a los hombros a Vieri.
Apenas pudo contener la risa al ver la calvicie de Don Palomo, y sobre las orejas tenía el pelo largo y canoso que le llegaban a las caderas, era lo mas parecido a un duende que había visto en toda su vida, era casi imposible de creer que aquella asombrosa voz viniese de un individuo tan gracioso.
“Si, acaba de llegar y ya me esta ayudando con la mesa” –Dice dejando que el milagro la tranquilice.
“Dos platos?” –Levanta una ceja y pregunta.
“Si para Bilvo” –Se le ocurre rápidamente mientras Felice estando a punto de llorar a carcajadas permanece en silencio.
“Hahá perro feo! -(acaricia a Bilvo)- Bueno me voy a dormir, la espalda me esta matando. Tu! Sirviente, toma una moneda, vuelve mañana” –sube la escalera rascándose la barriga.
Al escuchar la última pisada Felice soltó las risas, estaban tan felices por aquel momento ya que ahora podrían estar más tiempo juntos.
Hasta ese momento lo único que sucedía a diario eran cosas afortunadas y pizcas de felicidad, la mala noticia llegaría pronto. Don Palomo debía volver a Venecia ya que sus negocios en Florencia ya habían terminado.
Una mañana de domingo cuando Felice, como de costumbre, venía a su trabajo se dio cuenta de que estaban empacando y el susto de que volvería a perder su razón para trepar los tejados se iría lo asusta ferozmente.
“Llegas tarde, ven ayúdanos con los equipajes” –le alcanza un gran maletín –“Parece que mi niña se ha encariñado con la ciudad” –Dice rascándose la parte pelada de la cabeza.

Allí estaba Fiorella, como nunca antes la habían visto, llorando. Felice sintió tanto dolor que simplemente ayudó a subir todas las cajas al carruaje sin decir una sola palabra. Aquella extraña sensación que sentía de ella, de esto se trataba, “Como pude ser tan estúpido” pensaba Felice. Don Palomo le dio una mediana bolsa de monedas, ayudó a su hija a subir al carruaje y se fueron. Felice miraba como el carruaje se iba alejando, dejando que las gotas de lágrima cruzaran sus pupilas hasta llegar al cuello, allí parado sin saber como reaccionar, paralizado como cuando se había enamorado. Su corazón no estaba roto, solo decepcionado de si mismo al no darse cuenta de algo tan obvio, lo raro que sentía en ella se trataba de eso, ella quería decírselo pero no sabía como.
Entró a la casa vacía, no había nada más que huellas en el polvo de suelo y un pedazo de tela arrugada.
“Prométeme que me escribirás y que algún día nos volvamos a ver. Te amo.” –decía en aquella tela perfumada.
Felice cayó tumbado en el piso de la tristeza, sus lágrimas iban corriendo como si tuvieran vida propia limpiando el polvo y atravesando su propia pisada, allí durmió esa noche…
A la mañana, sentía que estaba siendo cargado por alguien, estaba tan cansado que ni la luz del día ni los roses de la multitud lo hacía despertar por completo. Era el guardia, su mejor amigo, llevándolo a casa en sus brazos. Apenas abría los ojos de vez en cuando para notar su rostro cuando le dice:
“No te preocupes, algún día la volverás a ver” –sonríe.
Cayó en un profundo sueño nuevamente. El guardia explicó a la madre de Felice lo que había sucedido y lo llevó a su cama. De aquella desgracia, tardó en recuperarse, la esperanza aun lo mantenía vivo. Había dejado de treparse en los tejados, ya no se sentía con energías de hacer absolutamente nada.
Le escribió a Fiorella como aquella tela lo había hecho prometer. Cada semana una nueva carta, siempre sin respuesta tardía. Ella le había explicado todo lo sucedido, le hablaba de lo que hacía, de cómo se aburría y Felice simplemente prometía que algún día cambiaría todo, que la volvería a ver.
Pasaron los años, ambos a pesar de volverse adultos seguían escribiéndose. Felice ahorraba dinero trabajando de guardia con su viejo amigo, ahorraba para poder algún día viajar a Venecia y verla. El pasaje en barco era muy costoso pero seguro, podría ir en carruaje pero tardaría semanas sin contar el riesgo de ser emboscado por ladrones.
Llevaba meses juntando todos los florines que ganaba en la misma bolsa de monedas que le había dado Don Palomo en el día que se fueron.
Una mañana se decidió, preparó su pequeño equipaje, se despidió de su madre y del guardia y zarpó sin antes avisar a Fiorella. Su intención era darle una sorpresa, aunque fuese muy poco planeado. En aquel barco pensaba en que iba a hacer, pensaba en ella y en su padre, como sería Venecia, rezaba para que todo le saliera bien. Estaba emocionado, temblando, no sentía como si lo que estuviese haciendo fuera real mucho menos con Leonardo Da Vinci haciendo bocetos en la otra parte del barco. Su héroe estaba allí, también viajando a Venecia. Ya en ese entonces, había dejado de ser el loco, se había ganado el respeto que se merecía pero tampoco era razón para que Felice se animase a hablarle.
El barco se acercaba a Venecia, era de noche y las coloridas luces se veían a lo lejos. Malabaristas, magos, hombres jugando con el fuego, personas con habilidades extrañas, era todo tan asombroso que parecía una gran bienvenida a cualquiera que salga del barco. Felice quedó en una posada cercana, aun le parecía un sueño estar tan cerca de su amada, pensaba que al fin y al cabo era solo cuestión de tiempo a que todo saliera bien, mientras bebía un sorbo del licor pensaba en los jóvenes que eran, las locuras que hacían en los tejados de la gran Florencia.
El dueño de la posaba lo llevó a su habitación y le cobró los florines correspondientes. No le importaba mucho el estado del lugar, solo quería dormir bien ya que a la mañana siguiente sería uno de los días mas importantes de vida. No se quedó despierto ni un solo momento mas, quería que el tiempo pasase rápido, que ya amanezca.
Ya había amanecido.-“No te duermas hijo ya casi estamos cerca del final”-. Según las cartas de Fiorella, Felice tenía una pista de donde ella podría estar, cerca del negocio que su padre tenía en el mercado. Después de una larga búsqueda, preguntando por todos lados sobre Don Palomo, logró encontrar donde vivían. Hasta ese momento todo había salido como lo esperaba pero no sabía que tenía que hacer a continuación, estaba parado en frente de la vivienda, desde allí se escuchaba la voz retumbadota de Don Palomo y el ladrido del anciano Bilvo. Cerró los ojos, respiró profundo pensando en lo que iba a hacer y tomó la decisión.
Trepó, como en los viejos tiempos, primero por las ventanas, luego las ornamentaciones de las casas y por último el techo. Era una tarde hermosa, todo era perfecto, el calor, el viento soplando su pelo y secando su sudor. Ella estaba allí, retratando a su perro con un sombrero puesto. Estaba tan hermosa, aun mas hermosa de cómo Felice la recordaba, llevaba un vestido violeta que llegaba al suelo el cual la hacia verse como una doncella. Por horas Felice quedó observándola enamorado como nunca, como lo hacía de joven.
Era el momento de reaccionar, el atardecer estaba abandonándolo. De su bolsillo sacó aquel pedazo de trapo perfumado, con el mensaje que le había dejado Fiorella en su antigua casa, rompió una teja y lo enrolló en el. Lo besó por la suerte de puntería antes de lanzarlo, y lo hizo. Atravesó en hocico de Bilvo en la pintura y desató el grito de Fiorella. En ese momento ambos revivieron aquel instante, aquella primera vez en donde se habían visto cara a cara, aquella primera vez en donde se dijeron las primeras palabras y se enamoraron dulcemente. Fiorella se volteó a mirar al techo pero no ve a nadie, al ver el objeto con la tela, sonríe y a la vez llora de la emoción. Abrió el portón y salió a la calle, mira a cada persona pero no distingue a nadie, se secó las lágrimas y se quedó parada en el medio del mercado. Felice aun estaba en el techo escondido, al mirar de nuevo en el jardín, no la vió. Bajó de los tejados lentamente por la escalera y ella estaba allí, quieta y perdida mientras la multitud la esquivaba como el viento en un bosque. Lentamente se acercó por atrás, apoyó las manos en su delicado hombro, le corrió la larga cabellera y le susurró al oído:
-"Eres una bella y perfecta combinación de lo asombroso en este mundo"...


Y ese es el final de la historia del hombre que le salvó la vida a tu padre, ahora duerme hijo que mañana te llevaré a los tejados para ver al Loco Da Vinci…