lunes, 5 de octubre de 2015

El Carnaval del amor





El destino actúa de manera silenciosa, casi imperceptible, de manera sigilosa, llegando a resultados siempre desconocidos y ajenos a nuestros ojos.
Es entonces cuando la soledad empujará cada vez con más fuerza, la desesperación acude de inmediato y el amor se reduce todo a un momento.
Pedro un día debió separarse de su primer amor, el que tal vez haya sido el único.
Nunca recibió explicación alguna, solo la promesa que regresaría una noche de carnaval, que siempre lo iba amar y que el debería esperarla. Sin decir más se marchó.
Por esta promesa, de manera constante Pedro asistió carnaval tras carnaval, año tras año, esperando el regreso de su amada, pero una y otra vez se encontraba solo repitiendo el fatídico desenlace.
Pedro ha quedado llorando su pena de amor. La pintura del rostro corrida, somnoliento y cansado de esperar y de buscar por las calles entre la muchedumbre disfrazada, alegre y bulliciosa, para terminar al fin viviendo su muerte como la muerte misma del carnaval. Suspirando el último suspiro y culpándose de lo que nunca sabrá: ¿Por qué su amor había marchado?
Ella ha esquivado mil carnavales y el amor de Pedro, y ahora él, con su cara empolvada de payaso, muestra un rostro triste, abandonado, que repentina y sorpresivamente se llena de luz cuando ve a esa morocha deslumbrante que baila poseída al ritmo de los tamboriles.
Es la última noche de carnaval y la luna lo sabe.
Un pedro sin amor la noche que muere el carnaval es como una estrella perdida en una noche de sombras. Es la soledad.
La comparsa avanza de manera exitosa por la amplia avenida, entre papel picado, serpentinas y el aplauso de la gente, mientras la morocha baila sin poder dejar de hacerlo.
Se han secado las lágrimas en los ojos de Pedro. Ahora posee un brillo de deslumbramiento, mientras contempla asombrado la belleza física de esa mujer que contorsiona al compás de la murga mientras las luces prenden y apagan de manera incesante.
Muere el carnaval. Pedro nuevamente no encontró el retorno de su amada, pero esta vez también la ha olvidado. Ahora es la morocha quien ocupa su atención mientras lo magnetiza como con un gualicho imposible de romper.
El pobre Pedro olvidado del calor de un amor transfigura su cara llorosa y empolvada ante esa morocha formidable, reina del movimiento y dueña de un cuerpo escultural.
Una fuerza interna invita a Pedro a sumarse a la danza de los bailarines pero no se anima.
Ahora la morocha se ha detenido ante Pedro, manteniendo en un leve, suave movimiento de cintura la enervante embriaguez del ritmo. Lo mira fijamente a los ojos mientras sigue danzando; Pedro deslumbrado, seducido, reacciona y la besa apasionadamente como nunca antes lo había hecho. Se perdió en ese torbellino sexual inevitable que surge de las profundidades del ser envuelto por la mirada de la morocha mientras la lujuria le arrebata la voluntad al amor.

Ya en la madrugada solo bailan las sombras un baile de fantasmas, mientras el carnaval termina, y la amada de Pedro, llora desolada en el cordón de la calle sin encontrar consuelo.