miércoles, 30 de septiembre de 2015

Tu eres mi helado de fresa






Apenas alumbraba el sol aquel amanecer, eran ya un poco pasadas las 5 y si dirijo mi mirada hacia el este, entre la fronda de los viejos álamos de la recta e interminable hilera de ellos junto al canal, vislumbraré una especie de rojiza cortina que, otra vez al igual que ayer en minutos nada mas rasgará con el resplandor de esa portentosa bola de fuego asomando rápidamente desde abajo de la tierra. El sol, ese sol que otra vez también como ayer comenzará a quemar ya mucho antes de las diez de la mañana.

Y _ ¿que hago yo aquí a esta hora? ¡Vaya! pregunta que me hago, si yo mismo me lo auto impuse, me contesto. ¿No íbamos acaso a salir muy temprano de madrugada para ver como vuelan a esa hora las enormes bandadas de aves migratorias? Si, es así, acordamos con Elisa anoche juntarnos aquí, aun antes de desayunar y a esta hora de locos, solo para ver volar unas bandadas de pájaros.

Pero, debo también recordar que esto es solo un tonto pretexto, es un loco engaño a nosotros mismos para poder estar juntos lo mas lejos posible de los mayores, no se si reír o insultarme a mi mismo por esta situación un tanto irreflexiva, y creada precisamente por mi pero...

Si solo hace falta un instante para borrar este pensamiento contradictorio, un instante, tanto, pero tan corto como el solo imaginar un pestañeo de sus ojos, o imaginar sus labios, o imaginar sus blancos dientes, solo eso hace falta para inundarme otra vez de felicidad, y de angustia, pero, de una angustia casi injuriosa, porque se que, luego de una lógica espera ella llegara para justificar el torpe pretexto.

La aturdida excusa dada a los mayores para que no les extrañe si nos ven a las seis de la mañana en medio del alfalfar y con los herbajes hasta casi la cintura. Y ahora, justo cuando ella entierra a la carrera sus pequeños pies en la tierra húmeda por el rocío de la mañana, se recorta en el cielo la primer gran concentración de aves llevando marcado rumbo hacia el este, el cielo esta ahora de color violáceo, se entremezclan los colores del fulgurante amanecer con el propio azul límpido y sin nubes de esta gloriosa mañana de finales de febrero.

Comienzo a notar en mis brazos desnudos que la temperatura no es la misma que otras mañanas a pesar de que el sol no perdonará hoy, a esta hora es indudable que ha descendido algunos grados con relación a días anteriores, no vuelan aun las clásicas mariposas del pasto, ni han despertado los molestos jejenes, que dentro de solo un rato darán cuenta de mis antebrazos descubiertos, pero que importa, llegado ese momento no tendrá creo importancia, ya habremos caminado largo trecho tomados de la mano, y hasta tal vez ya nos hallamos perdido entre el alfalfar arrodillándonos en el suelo para besarnos largamente tal cual lo hicimos anoche en el patio de la casona antes de que cada uno fuera a dormir.
Detrás nuestro va marcándose el profundo canal de pastos torcidos a nuestro paso, canal que tal vez dure todo el día de hoy, la noche, y parte de mañana disimular, cuando nuevamente las brindillas se incorporen.

Allí cerca un viejo caballo levanta altanera su cabeza de entre la hierba al oír nuestro paso en la maraña de brotes, nos mira agudamente corre veloz hacia nosotros, se detiene nos observa nuevamente con curiosidad como queriendo reconocer quienes somos, da media vuelta, y continua su galope acompasado dando un largo relincho.

A escasos pasos se termina el dosel de verde alfalfa, y comienza a manifestarse una vegetación ya segada por la implacable maquina tirada por dos caballos que hace una semana está dejando pelados los cuadros. Y es aquí, precisamente, donde las aves pasan gran parte de la noche descansando y abrevando antes de emprender otra larga etapa hacia el norte, en busca del calor que velozmente huye de estas latitudes, y que allá en la Patagonia ya dejó hace rato su lugar a las primeras heladas.

Escondernos antes de salir definitivamente del alfalfar, es parte del pretexto, ideado. Las aves están allí, a unos cien metros tal vez, hermosos y coloridos patos caminan y alborotan entre los biguá y las garzas. Se pelean por un gusano del pasto que han descubierto escarbando con sus picos, remueven activamente en busca de semillas ocultas en el rastrojo, y parecen hablar entre ellos en una incomprensible discusión.
Algunos corren velozmente agitando sus alas, y huyendo de la persecución de otros, todas estas acciones parecen ser parte de los preparativos para el despegue, e iniciar el vuelo que los transportará seguramente cientos de kilómetros antes de ver otra vez caer la noche.

Para nosotros, todo pasa a un plano casi secundario, apenas nos hemos ocultado tirándonos boca abajo entre los últimos tallos, nos hemos mirado fijamente a los ojos, y sin que medie una sola palabra o señal, nos hemos fundido en un interminable beso.

Si… Somos nosotros, Elisa y yo, con 16 años ambos, con un pretexto diario para poder dar rienda suelta a nuestro amor adolecente, e inocente. Las aves se han ido ya, nosotros no las vimos levantar vuelo