sábado, 18 de julio de 2015

La llama del amor nunca se apagara








La tierra ha rotado infinidad de veces desde aquel día, y aun siento mi corazón latiendo apresuradamente: el día que lo conocí aún era una niña, con 16 años, no sabía mucho del amor; pero en cuanto lo vi, de algún modo supe que si no hacía algo para acercarme me arrepentiría toda mi vida.
Siempre fui muy tímida, en realidad mi autoestima tampoco era muy buena. Pase mi primaria y secundaria concentrada en mis estudios, pero con la ilusión del primer amor, siempre muy muy cursi y un tanto dramática. Soñé muchas veces con mi príncipe, o mi galán de telenovela…. Pero pronto descubrí que el amor no es como lo pintan, el amor de la realidad no siempre termina con un final feliz o dura para siempre, pero de algo estoy segura: es mucho mejor. Llegue a la prepa y decidí que era momento de cambiar, deje de temerle a las personas y a lo que pensaran de mí y fui simplemente yo. Los primeros días de escuela fueron estupendos, no pensé que mejorarían, pero estaba equivocada, todo cambiaría después de conocer a ese chico que portaba el mismo uniforme que el mío.
Automáticamente al bajar del autobús le dije -hola- el me miro y se limitó a responder el saludo. Obviamente yo no iba a dejarlo en un simple saludo, continúe haciendo preguntas y el pronto mostro más que su lado amable: su simpatía, caminamos a casa y descubrimos que nuestras calles colindaban. Estuvimos un rato conversando y después cada quien se fue para su casa. Esa noche no dormí, o bueno si… Pero fue diferente a todas las anteriores.
Era lunes y tenía que dirigir los honores, estaba puntual e impecable frente a mis compañeros, me pare erguida a un costado de quinto semestre. Cuando lo volví a ver. Era ligeramente más alto que yo, delgado, muy delgado, pelo quebrado, ojos saltones y boquita carnosa: para mí era guapo, muy guapo. Me dio una sonrisa y seguramente me sonroje.
Los días siguientes sucedieron encuentros casuales, durante los recesos, las idas al baño, a la cooperativa y solo saludos cortos y miradas largas.
Un día falte y al día siguiente, me entere que tenía novia. No me destrozo pero si me quebró un poco, siempre me gustaron chicos populares y con novia, y aunque me paso infinidad de veces nunca me acostumbre. Solo que ahora la diferencia era que yo había cambiado, así que no clave y seguí con mi vida.
Me lo seguí encontrando, solo que esta vez no estaba solo o con sus amigos, si no con ella. Y en casa encuentro sucedía algo, el me miraba y yo el, sabía que le gustaba y de una u otra forma lo provocaba. Comencé a idear encuentros planeados, le sonreía y el al mí, le lanzaba miradas coquetas y él lo notaba.
Nunca me lo encontraba por las mañanas al ir al escuela, él era muy puntual y yo todo lo contrario, un día al él se le hizo tarde y nos encontramos. Para ir a la escuela era necesario caminar un tramo, por lo que para ser sincera era mejor, pues cada momento a su lado me hacía sentir contenta. A partir de ese momento a él se le hacía tarde o a mi temprano, cualquier pretexto era bueno. En la pláticas me daba cuenta que no estaba muy agosto en su relación y eso me hacía sentir bien.